Los terrores nocturnos… ¡Qué mal lo pasan los pobres!

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Los terrores nocturnos son alteraciones del sueño en las que el niño podría sentarse de repente al estar acostado, llorar, gritar, gemir, balbucear y sacudirse con los ojos bien abiertos, pero sin estar realmente despierto.

Debido a que se encuentra en una especie de zona intermedia entre el sueño y la vigilia, no está consciente de tu presencia y no es probable que responda a nada de lo que digas o hagas.

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Los investigadores consideran los terrores nocturnos como fallos misteriosos en las transiciones que normalmente hacemos con facilidad cada noche entre las diversas etapas del sueño.

Hasta un 15 por ciento de los niños tienen terrores nocturnos en algún momento, empezando por lo general entre el año y los 5 años de edad, y continúa hasta los 7 años o incluso hasta la adolescencia. Un episodio puede durar de 2 a 40 minutos y, cuando termina, tu hijo se vuelve a dormir de manera abrupta sin recordar el incidente.

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¿Cuál es la diferencia entre los terrores nocturnos y las pesadillas?

A diferencia de un terror nocturno, una pesadilla deja a tu hijo verdaderamente despierto – puede recordar su sueño y a veces incluso hablar de él, y busca y se siente confortado por tu presencia.

Además, los niños tienen pesadillas durante la fase del sueño en la que se sueña (en el que hay movimiento ocular rápido), a menudo temprano en la mañana, entre las 2 y las 6 a.m., mientras que por lo general tienen terrores nocturnos en las primeras horas de la noche, durante el sueño en el que no se sueña (en el que no hay movimiento ocular rápido).

La manera más fácil de distinguir entre un terror nocturno y una pesadilla es preguntarse quién se siente peor al respecto la mañana siguiente. “Si tu hijo está más agitado, tuvo una pesadilla.

Si eres tú quien está perturbada, probablemente tuvo un terror nocturno”. Ten por seguro que el “terror” de una noche así dura mucho más tiempo en el papá o la mamá que lo vio que en el niño que lo vivió.

Si el niño tiene un terror nocturno, no trates de despertarlo.

Y espera que tus esfuerzos por confortarla sean rechazados – realmente no se puede calmar a un niño que está teniendo un terror nocturno, y si tratas de cargarlo eso podría hacer que se pusiera peor.

A menos que esté en peligro de hacerse daño, no intentes confortarlo físicamente.

Sólo habla de manera calmada, colócate entre él y cualquier cosa que pudiera presentar peligro (la cabecera de su cama, por ejemplo) y espera a que pase la tormenta.

Antes de irte a acostar, toma las mismas precauciones que tomarías con alguien que camina despierto, ya que los niños que están sufriendo un terror nocturno a veces se bajan de la cama: recoge juguetes u otros objetos que estén en el piso con los que pudiera tropezarse, coloca una cerca protectora en la parte de arriba de las escaleras, asegúrate de cerrar todas las ventanas y de que las puertas que den al exterior estén cerradas con llave.

No existe una forma definitiva de evitar los terrores nocturnos, debido a que no se sabe exactamente qué los ocasiona.

Lo que sí se sabe es que, por sí mismos, los terrores nocturnos no significan que el niño tenga un problema psicológico, ni siquiera que esté molesto por algo.

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Los terrores nocturnos pueden resultar de un horario para dormir errático o insuficiente, o de cualquier tipo de falta de sueño.

Resolver cualquier otra clase de problemas relacionados con el sueño que tenga tu hijo (como levantarse a media noche) y cerciorarte de que tenga una hora estable para irse a la cama, con una rutina tranquilizante, y de que obtenga suficientes horas de sueño puede ayudar a prevenir los terrores nocturnos.

En ciertos casos, estos terrores pueden suceder debido a apnea durante el sueño, un trastorno serio pero corregible en el que las anginas y los adenoides (tejido normal en la garganta) inflamados bloquean las vías respiratorias durante el sueño, dificultando la respiración y haciendo que el niño despierte parcialmente.

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