Los demasiado optimistas, la paradoja de Stockdale

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Mantener una visión optimista de la vida resulta imprescindible para ser felices. Sin embargo, un exceso de optimismo puede llegar a ser tan pernicioso como el pesimismo.

A este fenómeno se le conoce como paradoja de Stockdale, en honor del vicealmirante James Bond Stockdale por su inquebrantable fortaleza emocional a la hora de sobrevivir durante siete años como prisionero de guerra en la prisión norvietnamita de Hoa Lo, durante la guerra de Vietnam.

James B. Stockdale

James B. Stockdale

Stockdale ha pasado a la historia como un optimista extremo, pero los extremos son peligrosos incluso en el optimismo: un optimista extremo también puede ser irresponsable con sus actitudes o con los riesgos que está dispuesto a asumir.

James Bond Stockdale fue el oficial norteamericano de mayor rango que acabó capturado durante la guerra de Vietnam.

¿Y?

Que sobrevivió a ocho años de torturas y encierro.

¿Y?

Pues aparte de que yo no duraría ocho minutos en ese trance, Stockdale fue entrevistado por el autor Jim Collins para su libro Good to great. He aquí algunos pedazos de conversación.

«Nunca perdí la fe (dijo Bond), nunca dudé de que saldría y prevalecería al final […]»

No dije nada (replica Collins) durante bastantes minutos […], al final, tras cien metros de silencio, pregunté.

«¿Quién no lo superó?»

«Oh, esa pregunta es fácil», respondió, «los optimistas».

«¿Los optimistas? No entiendo», repliqué, completamente confundido por lo que me había dicho cien metros antes.

«Los optimistas. Oh, eran los que decían. “Estaremos en casa para Navidad” y la Navidad llegó y se fue. Entonces decían “Estaremos en casa para Pascua” y la Pascua llegó y la Pascua se fue. Y luego Acción de gracias y Navidad de nuevo. Y murieron de corazón roto».

Después de una pausa larga y más camino, se giró y me dijo […]

«Nunca hay que confundir la fe de que prevalecerás al final con la disciplina para aceptar los hechos brutales de tu realidad actual, cualesquiera que sean».

Y a eso lo llamó Collins en su libro la «Paradoja de Stockdale».

Muchos optimistas, con esa insistencia insufrible de ver el lado positivo de las cosas pase lo que pase, caen pronto con el viento en contra.

Es algo que a menudo he visto en lo personal y profesional. Cuando todo va bien, es fácil ser optimista y algunos hasta tienden a ponerte la cabeza como un bombo con su «pseudofilosofía-ficción».optimista7

Pero cuando las cosas se tuercen, esa fantasía se hace añicos contra la realidad y el optimista se queda sin recursos, niega la situación y no está preparado, porque nunca quiso pensar en posibilidades negativas. Algunos hasta creen en la superstición estúpida de que pensar en desgracias eso las atrae.

Aprendí a no llevar a un optimista a una pelea y a no tenerlos muy cerca para las cosas importantes.

Stockdale adoptó una mentalidad estoica, quizá la única filosofía clásica que merece la pena, porque acepta que la vida a veces es buena y la vida a veces es jodida. Y es inteligente mirar todo en su conjunto y cobarde hacerlo con sólo lo que nos agrada.

La dificultad no huye ante la sonrisa. La voluntad de prevalecer tiene que ver más con la capacidad de apretar los dientes y avanzar, devolviendo golpes si es necesario.

Además, convertirse en eterno optimista te roba una de las características esenciales que nos hacen humanos, la empatía. La capacidad de ponerte en la piel del otro.

¿Las cosas te van mal? Ahí está el optimista para, no sólo no empatizar contigo, sino encima confrontarte desde su cómodo púlpito. Lo que tienes que hacer, según él, es «pensar en positivo», «poner buena cara al mal tiempo».

Y esa es su solución para todo, como si la vida fuera a cambiar porque pienses flores o finjas que todo está bien, cuando todo es un asco. Y me hace gracia, porque encima se produce una culpabilización más o menos soterrada del que lo pasa mal, diciendo o implicando que lo empeoras todo con ese modo de pensar.

Para ellos el pensamiento positivo es la «cura del cáncer» y de todo, algunas veces, los más fundamentalistas proclaman hasta eso mismo literalmente, por si no merecían bastante que les partieran la cara.

Curiosamente, nunca se han molestado en buscar la verdad de sus aseveraciones. De hacerlo se hubieran dado cuenta de que no hay certeza real tras eso, es más, lo contrario es lo que suele ser cierto.

Está demostrado que fantasear positivamente sobre algo que deseas disminuye la probabilidad de obtener ese algo que deseas. Sacas menos notas, recibes menos ofertas de empleo, cobras incluso menos dinero.

¿En serio?

Sí.

¿Toda esa autoayuda es un timo?

Sí.

¿Por qué?

Las principales conclusiones de quienes estudian el fenómeno en laboratorio son que las personas que usan las fantasías positivas hacen menos para conseguir lo que quieren y están peor preparadas para afrontar reveses.

Además de eso también influye otro aspecto fascinante. No viene al caso aquí y es un tema complejo, pero conecta con el hecho de que, por decirlo de alguna manera, nuestro cerebro no distingue muy bien entre lo que pensamos y lo que ocurre en realidad (otra cosa demostrada). De esa manera el pensamiento positivo actúa de cierto «bálsamo» que calma el «ansia» que tienes por cumplir tus deseos.optimista2

Cuanto más hables y fantasees sobre lo que quieres hacer, menos harás. Cuanto más de ese tipo de optimista seas, menos conseguirás, porque harás menos. ¿Para qué vas a hacerlo si piensas que saldrá bien de todas maneras?

Mi padre es fumador empedernido y sólo una vez dejó de hacerlo. Cuando el médico le dijo que tenía un enfisema pulmonar.

Todas las «enormes» excusas que siempre puso para justificar otra calada desaparecieron. Recuerdo aquella mañana, él a mi lado en un banco de parque, recién salido de consulta. Yo miraba al frente con brazos cruzados, él tenía la cabeza abatida y mucho miedo. Los dos pensábamos lo mismo, eran pésimas noticias y la cosa podía acabar mal.

No tocó un cigarro durante meses y fue porque le vio los colmillos al lobo, porque la cosa estaba fea y no lo negó. El miedo y pensar lo peor fueron sus aliados, tan poderosos, que le dieron la voluntad de derrotar a lo que nunca pudo antes.

¿Y qué pasó cuando la medicación lo controló, todo empezó a ir mejor y se sentía bien, confiado?

Que empezó a fumar de nuevo y así hasta hoy, porque las personas nos preparamos y luchamos con el enemigo a las puertas y no antes.

Es la naturaleza humana, pero el optimista irredento no entiende mucho de ella ni de cómo funcionamos en realidad. La gran mayoría confunde optimismo con autoconfianza o con voluntad de prevalecer, algo que me hace mucha gracia (no).

A veces la vida es buena y otras es jodida. En lo primero disfrutas y estás alegre y feliz y así debe ser. En lo segundo peleas y gritas y afrontas y sobrevives, aceptando que es posible que no sea así. Pero peleas, no con optimismo, sino con el mismo sentimiento estoico y primario que Stockdale, el de la vida enfrentándose a la muerte y queriendo hacer lo que la vida hace: lo que sea necesario para seguir hasta el último segundo en que ya no pueda.

Esa es la diferencia entre poder real y fantasía.optimista5

Mejor que pensamiento positivo es pensar simplemente, sin anteojeras de caballo.

Por ejemplo, cuando se han comparado a optimistas extremos que vivirían veinte años más que la media con optimistas moderados y pesimistas, se ha descubierto que los optimistas moderados trabajan más, ahorran más y fuman menos, en comparación con los optimistas extremadamente confiados, que trabajaban menos, ahorraban menos y fumaban más.

Y es que los optimistas extremos suelen asumir más riesgos, como evitar los chequeos médicos o conducir más deprisa.

El secreto parece residir en bascular entre el optimismo y el pesimismo, tal y como defiende Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad:

El optimismo absoluto es la negación del progreso porque considera que vivimos en el mejor de los mundos, que no es necesario cambiar nada, todo lo que pasa está bien.

La idea de progreso es una combinación de pesimismo (las cosas están mal) y de optimismo (las cosas pueden mejorar); pesimista con respecto al presente, a la realidad presentada; optimista en lo referido al porvenir, a las posibilidades.

 

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