¿Por qué dices sí, cuando quieres decir no?

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A fuerza de decir siempre sí y de querer ser la compañera de trabajo irreprochable, la amiga perfecta y la pareja ideal, olvidamos lo esencial: ser una misma. ¿La solución? Encontrar el equilibrio entre la complacencia y la autenticidad.

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No se trata de abolir la amabilidad del código de conducta.

Se trata de deshacerse de esa cortesía de fachada que nos hace decir que todo va bien cuando no es verdad, que un plan nos entusiasma cuando desearíamos rechazarlo o que todo en la oficina va sobre ruedas cuando lo cierto es que el estrés, la tensión y la frustración cuecen juntos en la misma olla a presión.

A ser natural se aprende desde la infancia. Cuanto más escuchado se siente un niño, más natural es. Por el contrario, aquel cuyos deseos, opiniones y necesidades no son tenidos en cuenta aprende a interpretar un papel, a simular.

La autenticidad se cultiva. La buena noticia es que puede hacerse a cualquier edad. Se trata de poner en práctica el principio de la congruencia según el cual todo fluye en la misma dirección: lo que pienso, lo que digo, lo que hago, lo que muestro… Y eso supone aprender a decir no, a negarse, a oponerse, a contradecir. Lo cómodo, es decir que sí, porque esa palabra abre puertas y siempre es bien recibida.

Pero cuando ese sí representa aceptar lo que no queremos; cuando representa un compromiso que adquirimos por obligación; cuando esconde la imposibilidad de decir no, aparecen los problemas que se esconden detrás de un sí.

Los noes, por el contrario, son feos, incómodos y generan contrariedad, pero saber decirlos, tiene sus beneficios: “Expresa tu ser, te afirma; refuerza de forma notable tu confianza y autoestima; ahuyenta el miedo y la culpa; incrementa tus habilidades sociales; permite lograr objetivos y mantener relaciones; logra encontrar bienestar contigo y con los demás”.

Veamos cómo.decir no3

En el trabajo: invierte en asertividad

Ser auténtico significa, para empezar, dejar de aparentar cosas en el trabajo. Dejar de fingir que puedes con todo, de asentir a cada petición de jefes o compañeros, de simular que estás de acuerdo con cada decisión que se toma (por no hacer notar tu voz llevando la contraria), simular que no te suponen ningún problema esa reunión fuera de hora, o ese cambio de agenda sin avisar…

¿Te suena? Detrás de estas actitudes se esconde el temor a no cumplir con las expectativas, a no ser el empleado irreprochable, a que tu imagen profesional se deteriore y el miedo al despido (y según están las cosas…). Sin embargo, el mercado de trabajo ha cambiado y, frente a la caduca disciplina castrense, se cotiza al alza el valor de la asertividad.

 

La personas se clasifican en varias categorías  que en el ámbito del trabajo se empeñan en agradar y decir sí, cuando quieren decir no.

Está el encasillado (es respetado por su trabajo, pero logra poca satisfacción y carece de expectativas); el explotado (a base de decir a todo que sí, las tareas se acumulan en su mesa y su horario tiende a infinito); el que pasa inadvertido (puede ser eficaz y excelente profesional, pero nadie se da cuenta, no sabe atribuirse méritos y permite que otros se los roben); el quejoso (es un trabajador pasivo y frustrado que nunca alza la voz pero sus protestas son como una letanía perpetua en la oficina).

Frente a todo esto, un arma: la asertividad.

Tu jefe estará de acuerdo porque la persona asertiva es más eficaz en sus tareas, sabe trabajar en equipo, aporta ideas, no rehúye situaciones difíciles y tiene recursos para resolver complicaciones.

Y te gustará a ti porque te permite establecer límites a superiores y compañeros y así evitar frustraciones y estrés. Decir no (sin agresividad y evitando el enfrentamiento) te hará ganar enteros en respeto.

La clave está en tirar de mano izquierda y convertir el no en una ventana abierta a nuevas posibilidades.

Los noes son severos, a veces tristes, obligan, cierran puertas, cambian el rumbo, saben mal y generan contrariedad.

A su vez, también significan aceptación y compromiso con uno mismo.

Cuando ese ‘no’ representa respetarnos, cuando nos permite sentirnos libres; cuando ese ‘no’ expresa nuestra integridad, entonces aparecen las oportunidades que genera un no.

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En sociedad: transparencia sin filtro

Admitámoslo, entre nuestro empeño (reconocido o no) de generar la envidia ajena a través de nuestro muro de Facebook, de quedar bien con comentarios eruditos o ingeniosos en Twitter, y de salir siempre guapos (nosotros, nuestros niños, nuestros postres…) en Instagram, muchas veces nos costaría reconocernos a nosotros mismos.

El asunto del postureo perpetuo, de la persecución incansable de la aprobación ajena puede sonar a chiste, pero entraña el riesgo de convertir nuestra existencia en una vida vivida para los otros.

Hemos adquirido la costumbre de disimular lo que nos sucede, con el fin de ganarnos el reconocimiento, la integración o una aparente comodidad, en lugar de manifestarnos tal como somos.

Hemos aprendido a separarnos de nosotros mismos para estar con los demás, No escucharse a sí mismo conduce, tarde o temprano, a no escuchar al otro; no respetarse a sí mismo conduce, tarde o temprano, a no respetar al otro.

Se trata en definitiva superar el ‘fomo’ (‘fear of missing out’), ese miedo moderno a perderse algo y a tener una vida menos interesante que la de los otros (tres de cada 10 personas lo padecen según un estudio de la empresa de comunicación y marketing JWT)

¡Supéralo! Tal vez pasarse todo el fin de semana metido en casa en zapatillas no dé para presumir tanto como acudir al festival del momento, tener mesa en el restaurante de moda o desayunar con pedicura perfecta y con vistas al mar.

Y puede que nuestros looks de diario no le lleguen ni a la altura de la última ‘it girl’…

Pero, tampoco hace falta que todo el mundo sepa todo sobre ti.

Redescubre el placer de la intimidad y la privacidad. Te sorprendería cuánta gente desearía estar en tus zapatillas (si tuvieran el valor de admitirlo).

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En la pareja: de la complacencia al rencor

Por evitar un conflicto, por tener la fiesta en paz, por no hacer sentir mal al otro, por miedo a no ser querido si mostramos nuestro verdadero parecer, por temor a desagradar si decimos lo que sentimos o nos negamos a algo que no queremos…

Razones hay muchas, cada uno tiene las suyas para justificar que, en más ocasiones de las que sería deseable, tendemos a ceder, a callar, a ser complacientes.

¿Y por qué lo hacemos? En ocasiones porque, aunque no queremos, acabamos actuando en función de criterios exteriores: la costumbre, la tradición, el deber impuesto o supuesto…

Pero complacer a la pareja (y lo mismo sirve para los amigos, los padres, los hijos) en todo, por encima de nuestros propios deseos, no nos convierte, en absoluto, en mejores novias o esposas, amigas o madres.

Más bien, nos acaba convirtiendo en… otra persona.

Una desconocida para ellos y para uno mismo.

Detrás de esta árida máscara de amabilidad complaciente, corremos el riesgo de acostumbrarnos a vivir relaciones anémicas, asépticas, que podemos incluso confundir con verdaderas relaciones humanas.

Solemos renunciar a nuestras necesidades para complacer a los otros, por ser amables y superados por haberlo sido tanto tiempo, o preocupados por no ver reconocidas nuestras necesidades, las imponemos a los demás e, incluso, esperamos que las adivinen cuando ni siquiera las hemos formulado y muchas veces ni siquiera identificado.

¿Y si no lo hacen? Entonces llegan los reproches, el resentimiento y el rencor.

Y no hace falta ser adivino para saber que esas tres fatídicas ‘erres’ se bastan y se sobran para dinamitar cualquier relación.

¿El antídoto? La honestidad. Decir no, cuando queremos decir no.

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Con educación y sin excusas

– Tómate tu tiempo

¿Un amigo te pide dinero? ¿Un compañero te propone un cambio de turno? ¿Tu hermana pretende dejarte a los niños el fin de semana? A veces aceptamos porque damos una respuesta inmediata, pero no es necesario. Di que lo pensarás y valora los pros y los contras.

– No te culpes

Tienes derecho a decirle a tu novio que no te apetece que vengan sus amigos y a no querer sacrificar tu tiempo de ocio para hacer de canguro. Destierra la culpa. ¡No van a odiarte por eso! Mentir no es necesario. Ni dar explicaciones.

– Propón una alternativa

…que no suponga anteponer las necesidades de otro a las tuyas. Dile a tu hermana con seguridad: “El fin de semana no puedo, pero me quedo con ellos cualquier otra noche”.

– Prepárate y ensaya

Para que no te suenen ajenas, repite frases como: “Lo siento, no podré ir”, “Tengo muchas responsabilidades”, “Gracias por pensar en mí, pero no soy la persona adecuada…”.

 

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