El rencoroso y el victimismo agresivo. Patologías espirituales.

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Cuándo hablamos del rencoroso entramos en las llamadas “patologías espirituales”.

Al estudiar el perfil del rencoroso nos encontramos también con un estilo victimista mucho más hostil, que en nombre de las desgracias del pasado o de todo lo que está sufriendo, se arroga una especie de patente de inmunidad con la que justificar su actitud agresiva, o incluso violenta.

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Para estas personas, invocar el recuerdo de las desgracias pasadas es como una inmensa caja de caudales sin fondo de donde extraer un flujo inagotable de resentimientos, o incluso de ira, odio y deseo de venganza.

Y si alguien les reprocha su actitud, a lo mejor admiten que lo suyo no es muy ejemplar, pero enseguida replica que sus padecimientos pasados le han ganado el derecho a esa leve incorrección, o al menos la disculpan.

 

Su susceptibilidad les lleva a reaccionar con crispación ante la más mínima crítica.

El menor reparo que se ponga a sus acciones es inmediatamente elevado a la consideración de gran ofensa.

Enseguida ven malas intenciones en las personas que están a su alrededor y, progresivamente, en todo el mundo.

Por doquier intuyen complots y hostilidad. Están persuadidos de ser objeto de desprecios y vejaciones sin tregua ni descanso.

El síndrome del complot suele designar un culpable, y origina dos posibles actitudes.

De renuncia y pasividad (para qué hacer nada si una fuerza tan poderosa está tramando tales cosas contra nosotros), o bien de agresividad contra el supuesto culpable.

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Lo peor es cuando estos síndromes de persecución se convierten en acusaciones contra los supuestos ofensores, pues suelen ser como el aviso de comienzo de una jugada maestra: acusar de una ofensa —ficticia—, sencillamente para anticipar la que —bien real— pretenden ellos llevar a cabo.

A partir de ahí, envuelven su agresión con un manto de candidez: lo único que pretenden es defenderse.

 

Un apunte último sobre el síndrome del complot: En los casos más extremos, piensan que el mundo entero los sataniza (he ahí la curiosa paradoja del satanizador satanizado) y, aquejados de una sorprendente megalomanía, tienen constantemente presente el pensamiento de la conspiración.

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Uno de los peores inconvenientes de todo esto es que la idea de la conspiración es difícilmente refutable, pues resulta muy fácil dar la vuelta a cualquier argumento transformándolo en prueba de la omnipotencia o sutileza de los conspiradores.

Además, sentirse víctima de una conspiración es una tentadora y sugerente manera de eludir la crítica, y para algunos supone un curioso consuelo añadido: creerse suficientemente importantes como para que unos malvados pretendan arruinar su vida.

 

 

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