De niños cariñosos a adultos ingratos

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Fuente: Milia Gayoso Manzur
“Una madre puede dar de comer a diez hijos, pero diez hijos no pueden mantener a una madre”, palabras más, palabras menos, la frase encierra la realidad de muchas mamás en el mundo.
Quitando de este grupo a aquellas mujeres que han parido con el cuerpo pero no con el alma (absoluta minoría), la vida y el futuro de las que van juntando años y cansancio sobre sus espaldas, suele ser bastante triste. Tomando el caso, sólo a nivel local podríamos enumerar miles de ejemplos. Podemos hablar de dos aristas que engloban muchas historias.
Una madre campesina cultiva la tierra, lava ropas ajenas para ganar dinero, sopla los carbones o leños (sí, aún lo hace) del brasero para cocinar el almuerzo, multiplica sus escasos ingredientes para que no falte qué llevar a la boca. Mientras, un rosario de chiquillos hambrientos espera ansioso que los platos humeantes vayan poblando la mesa. El ritual se repite cada día, a veces con mayor o menor angustia, de acuerdo a sus posibilidades; pero con seguridad sus niños matarán el hambre día a día, año tras año, hasta que crezcan y ella sea ya la sombra de la joven morena, o la rubia dorada por sol, que recibía con alegría cada embarazo, cada hijo.
Una madre de la ciudad, con mayor o menor preparación académica, trabaja en la casa y fuera de ella, le roba horas a su tiempo de descanso, hace maravillas para llegar a fin de mes; para que sus hijos tengan alimentos en la mesa, en la heladera, para que estudien, sean personas de bien y logren un futuro cargado de cosas buenas.
Pero pasan los años y los hijos van creciendo. Los del campo han viajado a las ciudades y se hicieron independientes, algunos lograron destacarse en sus estudios, en sus labores diarias y han formado sus propias familias.
Los hijos de la ciudad suelen tener más posibilidades que aquellos que llegados de lejos han tenido que sortear dificultades, vivir en piezas de alquiler o en casa de parientes. Estos se abrieron paso con mayores beneficios.
Mientras los hijos crecen, las madres también.
Pasados los cincuenta, la mujer empieza a recibir factura por los años de esfuerzo, de trabajo incansable, de los partos que llegaron uno tras otro, de los desgarros y las hernias provocados por volver a la rutina apenas a días de haber parido, de los años mal alimentada para que los hijos tengan más leche, más fruta, más carne, más pan… dejándose ella atrás y conformándose con pequeñas porciones.
Pasados los cincuenta, pesan la espalda y duelen las piernas, aparecen las várices, la artrosis, la osteoporosis, la visión quebrantada… todo empieza a llegar junto, en combo; sin mencionar la menopausia que trae consigo las molestias propias del ciclo como los calores, la inestabilidad, la melancolía repentina… y parece que todo se derrumba de repente. Pero ella debe levantarse y seguir adelante.
Y en esta etapa difícil, de dolores físicos y de dolores del alma, cuando la madre-mujer (a veces lo hijos olvidan que esa especie de roble con olor a leche, a cariño, a seguridad) es una mujer con sentimientos, con sueños, con angustias, con tristezas y necesidades.
En esa etapa de cambios, entre los cincuenta y los noventa, la madre ya no puede trabajar como antes y necesita ser retribuida por lo mucho o lo poco que ofreció a sus hijos. Pero ellos: dos, tres, ocho, doce… se “tiran” la pelota a la hora de comprarle alimentos, su medicina, pagarle las facturas de agua o luz o simplemente visitarla para darle cariño.
Cuando ella, ya cansada de rumiar en solitario sus necesidades, pide, en contadas ocasiones ese hijo o hija le da lo que solicita de buenas maneras. Son contados los hijos generosos con sus madres ya adultas, ignorando todo lo que ella le dio desde el mismo momento de la concepción.

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